martes, 28 de mayo de 2013

Bornos, el pueblo donde los señoritos se lanzaron al exterminio

María Luisa García Sierra, poetisa del pueblo, graba sus recuerdos del año 36 y sus secuelas en un manuscrito

OLIVIA CARBALLAR / Cádiz / 28 May 2013
Las hermanas Adelaida y María Luisa García Sierra.Las hermanas Adelaida y María Luisa García Sierra.

“No tengo intención de hacer de historiadora. Sólo me ocupo de aquello que viví de cerca sin que tampoco pretenda escribir mi biografía. Sólo relatos que me afectaron por tocarlos de cerca, hechos que vieron mis ojos y mis oídos escucharon. La historia que la escriba otro, pero, por favor… ¡No la falseéis! La verdad desperdigada sigue estando por alguna parte. Que no sea la sombra de la mentira la que alumbre a las nuevas generaciones”. Es un pequeño fragmento de un manuscrito de 244 páginas en las que María Luisa García Sierra, poetisa de Bornos (Cádiz), graba sus recuerdos del año 36 y sus secuelas. Su hijo Jorge Garrido encontró el texto en 1998, cuando su madre ya había muerto. “¡Adelante, adelante! Y ahora a pasearla por las calles. Que vea todo el pueblo lo que pasa… Y esto no es todo. Si con esto no tienes bastante, esta noche te dan el paseíto”, le increpó el exalcalde monárquico Manuel Ruiz Vega, fanfarrón y sonriente, cuando la sacaron pelada del cuartel de Falange. Tenía 15 años.

Hoy ese trozo de historia ve la luz en el libro Días de Barbarie. Guerra Civil y represión en Bornos, una investigación realizada por Fernando Romero que reconstruye la represión franquista en un municipio donde tampoco hubo violencia republicana previa y donde fueron asesinadas un centenar de personas: “Lo que se pretende es eliminar a quienes han protagonizado los conflictos sociales y políticos de la etapa republicana, a los representantes institucionales y a los líderes de las organizaciones de izquierdas, aniquilar a quienes pretendieron cambiar el modelo de sociedad, tanto a quienes profesaban ideologías reformistas (socialistas, republicanos) como a quienes predicaban la revolución social (anarcosindicalistas)”, explica el historiador sobre la masacre en el pueblo de las tres jerarquías: “Un señor. Cinco arrendatarios. Mil quinientos jornaleros con sus familias, hasta 7.000 almas”, resumió el pedagogo Luis Bello cuando visitó sus escuelas durante la dictadura de Primo de Rivera.

“Fueron los zapateros el colectivo profesional que resultó más castigado tras los jornaleros”, explica el investigador Romero
“Lógicamente, casi todos los que caen son jornaleros, que son la mayor parte de la población y los protagonistas de los conflictos laborales, pero entre las víctimas también hay algunos pequeños agricultores, artesanos y profesionales que se habían alineado con el socialismo o con el republicanismo reformista. El alcalde socialista asesinado, Antonio Garrido, era un barbero, y fueron los zapateros (seis) el colectivo profesional que resultó más castigado tras los jornaleros”, añade Romero.

EL LATIFUNDIO DE LOS SEÑORITOS

La Laguna y el Soto, un latifundio de 850 hectáreas, la sexta parte del término municipal, condensa el terror de los señoritos al cambio de orden que había traído al pueblo la República. El Instituto de Reforma Agraria había intervenido la finca, propiedad de la condesa de Valdelagrana -hija y hermana de los duques de Medinaceli -, y la había cedido a sesenta jornaleros para su explotación colectiva. Con sus esposas e hijos, sumaban 344 personas, el 6,2% de la población censada en Bornos, según Romero. “Los jornaleros, que siempre habían estado sometidos al capricho de los labradores, eran quienes ahora mandaban en el Ayuntamiento. Ellos decían a los agricultores lo que podían o no hacer en las tierras que cultivaban. Los obligaron a alimentar a los centenares de muertos de hambre que no tuvieron donde trabajar durante la calamitosa primavera de 1936”, añade el historiador en el libro, editado por la Asociación Andaluza Memoria Histórica y Justicia (AMHyJA) con el patrocinio de la Junta de Andalucía, la colaboración del Grupo de Trabajo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (CGT-A) y producción editorial de Tréveris.

No se fusiló para castigar crímenes, sino para escarmentar a quienes subvirtieron el orden jerárquico
La familia de María Luisa García Sierra fue una de las asentadas en La Laguna y, como la gran mayoría de los jornaleros que se atrevieron a subvertir el orden de las tres jerarquías, recibieron su castigo de mano de los señoritos sublevados. A María Luisa la pelaron. A su hermano, conocido como Juanillo el de la Montañesa, lo mataron. José, otro hermano, fue enviado al frente con el ejército de Franco y murió combatiendo con otra bandera que no era la suya. Al marido de su hermana Frasquita también lo fusilaron. A su hermana Adelaida, con 19 años, la pelaron como a ella. La tuvieron en la cárcel un día y medio, la violaron y la mataron. Esa misma noche también asesinaron a Juana Rodríguez, la Paternera. Y a Francisca Abadía, Clara. “Una era hija de Pedro el Paternero y la otra, compañera de Juan Ramírez, el Pollo, ambos asentados en La Laguna y también asesinados”, escribe el historiador.

No se fusiló para castigar crímenes, sino para escarmentar a quienes subvirtieron el orden jerárquico, insiste Romero. Al Pandereta, abuelo de Máximo Molina Gutiérrez, una de las personas que animó al historiador a realizar esta investigación, también lo asesinaron. Y a su bisabuelo Manuel Perea Méndez. “A ellos [los señoritos], ningún trabajador les hacía sombra. No cabe otra explicación cuando se lanzaron al exterminio sin justificación”, sostiene María Luisa García en sus escritos con todo el horror de la palabra. Exterminio. “Jamás había mencionado ante mi presencia el contenido vertido en aquellas páginas. Otros familiares y amistades muy allegadas sí que habían tenido la suerte de escuchar de su voz varios de los acontecimientos recogidos en el cuaderno, e incluso comentar su ilusión de dejar algo escrito si se encontraba con fuerzas para hacerlo”, reflexiona su hijo Jorge. Las tuvo. Todas las fuerzas del mundo.



Lenin, el niño que bautizaron Francisco

Casi el 50% de los funerales celebrados en el pueblo durante el quinquenio republicano fueron civiles

OLIVIA CARBALLAR / Cádiz / 28 May 2013
En Bornos se produjo un importante alejamiento del culto católico durante la República: casi el 50% de los funerales celebrados en el pueblo durante el quinquenio republicano fueron civiles y alrededor del 20% de los niños nacidos en ese tiempo no se bautizaron, según la investigación de Fernando Romero Días de Barbarie. Guerra Civil y represión en Bornos. Las cosas cambiaron radicalmente a partir del golpe. “Los sublevados asumieron la defensa de la religión como valor propio y abundaron las ceremonias religiosas en las que participaron las nuevas autoridades y las milicias locales. Sólo el 28 de agosto fueron bautizados 48 niños”, afirma Romero.

Desde agosto de 1936 hasta fin de año hubo bautizos masivos y se administró el sacramento a niños de cuatro y cinco años nacidos durante la República, entre ellos algunos cuyos padres habían huido del pueblo o fueron asesinados, como los hijos del cabezalero de la finca La Laguna, Francisco Gutiérrez Lobo, Frasco Pandereta, fusilado. Los niños se llamaban Lenin y Floreal. A Floreal le pusieron Rosa. A Lenin lo bautizaron como Francisco. Ese mismo día, el 30 de agosto, bautizaron también a tres hijos del alcalde socialista ya asesinado, Antonio Garrido.

La Iglesia, salvo excepciones, se puso de parte de los sublevados. María Luisa García Sierra, que era católica y fue rapada, recuerda en sus memorias, recogidas en la investigación, que los falangistas dejaban a las mujeres una marca de corte al cero en forma de cruz cuando las pelaban. Romero destaca un poema que María Luisa dedica a Sebastiana, otra muchacha del pueblo que también fue rapada: “En la cabeza, la cruz, símbolo de humillación”.


lunes, 29 de abril de 2013

José Rodríguez Mulero, el pastor socialista de Algodonales


José Rodríguez Mulero, el Moleño, nació el 29 de agosto de 1896 en la aldea de La Muela. Vivía en el número 12 de la calle Cerrajero de Algodonales (Cádiz) con su esposa, Leonor Torralba Fernández, y tres hijos: Pedro, Miguel y María. Se ganaba la vida trabajando como cabrero y cultivando un pegujal de su propiedad. Leonor, a quien algunos llamaban María la Recovera, por su madre, también trabajaba en faenas agrícolas y de encaladora. José perteneció desde 1931 al centro obrero de Algodonales, primero como autónomo y luego como afiliado a UGT, y fue interventor del Frente Popular en las elecciones legislativas de febrero de 1936.

José Rodríguez Mulero, el Moleño
Algodonales es uno de los municipios gaditanos que fueron rápidamente controlados por la Guardia Civil, sin apenas resistencia, y José pasó todo el mes de agosto ocupado en las faenas de recolección en su pegujal, pero el inicio de la represión fascista lo atemorizó: «Cobró miedo aquí en el pueblo, pues cuando venía y se enteraba de que habían prendido a alguno, temía que también lo hicieran con él por haber sido interventor». Por eso el 6 de septiembre decidió irse a El Gastor, que aún estaba en manos de los republicanos, y desde allí una pareja de milicianos lo condujo a Los Villalones, en el término de Ronda. Leonor y los niños permanecieron en Algodonales mientras el avance de las tropas rebeldes –Ronda fue ocupada el 16 de septiembre– obligó a José a huir hacia el este. Sabemos que fue evacuado como refugiado a la provincia de Almería, que trabajó un año en la construcción de refugios en Valencia y que vivió los últimos dieciséis meses de la guerra en Villarrobledo, en la provincia de Albacete, donde trabajó de ganadero en una finca colectivizada. En algún momento debió de temer que su familia podía haber sido asesinada en Algodonales. Al menos eso es lo que le contó a Cayetana Martínez, la villarrobletana que, por disposición del comité, le lavaba la ropa los días que iba al pueblo para descansar y mudarse. 


Regresó a Algodonales el 13 de de abril de 1939 con un salvoconducto expedido por la Falange y el Ayuntamiento franquista de Villarrobledo. Durante dos meses estuvo libre, con la obligación de presentarse por las noches en el cuartel de la Guardia Civil, pero el comandante de puesto decidió ingresarlo en el depósito municipal el 23 de julio. El hecho de haber sido interventor en las elecciones de 1936 dio pie a la apertura de un procedimiento sumarísimo de urgencia y los Servicios de Justicia de Cádiz asignaron el expediente al juez instructor nº 10, Santiago Sotomayor Domínguez, que antes de ser habilitado como alférez del cuerpo jurídico militar había sido juez municipal y jefe del Requeté de Algodonales. 

Las valoraciones que las autoridades locales hicieron de la actividad política de José eran dispares. Mientras la Guardia Civil lo etiquetaba de «extrema izquierda» y propagador de sus ideas, el informe del Ayuntamiento indicaba que «no se le vio ejercer activamente en política» y que siempre observó buena conducta moral. A mitad de camino estuvieron las declaraciones de algunos vecinos que admitían que era un hombre de izquierdas, pero no creían que se hubiese opuesto al golpe. Como el labrador Antonio Rico Sánchez, que decía que tenía un concepto «francamente bueno» de él, a pesar de que consideraba que había sido «persona influyente en la política», pues «en cuantas huelgas se desarrollaban él era el que iba por los campos levantando las manos a los ganaderos». Nadie lo creía capaz de haber formado parte de los grupos de izquierdistas que en julio de 1936 recorrieron las casas de campo de Algodonales y Zahara para incautarse de armas. En todo caso, como decía Gonzalo Cortés, «únicamente de lengua para unirse a los de su ralea con predicaciones falsas». 

Milicianos de Villarrobledo. En el centro,
marcado con una cruz, Joseíllo Barragán
La instrucción habría quedado concluida rápidamente si no fuese por el informe de la Guardia Civil de Villarrobledo, que indicaba que José había sido sargento de milicias y lo suponía autor de detenciones y asesinatos cometidos en aquella ciudad durante el «dominio rojo». Como prueba adjuntaba la fotografía de un grupo de milicianos en la que supuestamente aparecía José. Se trataba de un error. Lo habían confundido con otro, pero Sotomayor vio claro que no era el mismo. Desde Villarrobledo también llegaron declaraciones de Cayetana Martínez y de Daniel Sevilla, el encargado del ganado de la colectividad, a quienes José había propuesto para que testificasen sobre su conducta. Ninguno de ellos sabía nada de las actividades políticas que hubiese podido tener, pero la mujer dijo en su favor que solía ir a fumar con su marido, que había desertado del ejército republicano y estaba escondido en el domicilio familiar.

Basándose en esos testimonios y en el informe del Ayuntamiento algodonaleño, el juez Sotomayor dictaminó que José Rodríguez nunca había revelado «peligrosidad social» y el 23 de septiembre lo puso en libertad provisional con la obligación de presentarse en el juzgado cada dos días. Pero un nuevo informe de la Guardia Civil de Villarrobledo volvió a incidir en la confusión de identidad: ratificó que el Moleño era el miliciano de la foto, el cual se había presentado en Villarrobledo haciéndose llamar José Barragán, Joseíllo, diciendo que era de Marmolejo (Jaén) y acompañado por su mujer y una hija, llamadas Alfonsa e Inés respectivamente. Eso obligó al instructor a solicitar la declaración de quienes conocieron personalmente al tal Joseíllo y mostrarles una fotografía de José Rodríguez Mulero. Y los villarrobletanos coincidieron en que no era el mismo.

Sotomayor creyó suficientemente aclarada la confusión de identidades. También estaba convencido de que no había cometido ningún hecho delictivo y de que, aunque fuese de izquierdas, no se le podía reprobar nada. Por eso propuso el sobreseimiento de la causa cuando el 22 de febrero de 1940 redactó el auto-resumen que daba por finalizada la instrucción sumarial. Pero el Consejo de Guerra de Cádiz no quiso dejar cabos sueltos y le devolvió el expediente para que no quedase el menor resquicio de duda acerca de que José el Moleño y el Joseíllo de Marmolejo no eran la misma persona. Hubo que acreditar que la compañera de José no se llamaba Alfonsa ni la conocían por ese nombre, que su hija no se llamaba Inés y que ambas residieron en Algodonales mientras él estuvo huido en la zona republicana. Y para eso hubo que solicitar un informe a la Guardia Civil y tomar declaración a Leonor, a su hija María, que entonces tenía once años, y a cuatro vecinos de Algodonales con quienes la mujer trabajó mientras su compañero estuvo huido. Solo después de practicar esas diligencias consideró el auditor de guerra que no estaba probada la comisión de hechos constitutivos de delito y que se podría decretar el sobreseimiento de la causa. Eso fue en noviembre de 1940, un año y medio después de que José volviese de Villarrobledo.

Fernando Romero Romero

Jornadas para recordar la represión franquista

María Dolores Martínez | elpueblodealbacete.com | Sábado, 27 de abril de 2013

Las IV Jornadas de Represión Franquista en Villarrobledo, bajo el título “Memoria y dignidad al cubo”, contaron con distintas ponencias, desarrolladas por expertos en la materia. En las mismas se contaba con la presencia de Fernando Romero, escritor e historiador, Cecilio Gordillo, experto sobre represión en bando de guerra, Máximo Molina, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Cuenca y otros expertos en el tema, además de algunos familiares de las víctimas. Las jornadas se iniciaron a las 12 de la mañana, con la intervención de Máximo Molina, presidente de ARMH Cuenca, quien dio paso a la charla "La masacre de Villarrobledo: represión de bando de guerra en 1939", a cargo de Fernando Romero, y el propio Molina. En la charla se habló de la represión inicial, en los primeros momentos de la Guerra Civil, con los paseos y asesinatos en las cunetas y cruces de caminos, abordando el caso de Villarrobledo, que según Máximo Molina, fue excepcional en España, “porque ese mismo tipo de represión se mantuvo después de la guerra, en el año 39”.
Tras esto, los asistentes acudieron a visitar el monumento en memoria a los represaliados en Villarrobledo, situado en las afueras del cementerio, en el aparcamiento del recinto ferial, justo encima de una fosa común, y en el que aparecen los nombres de 312 personas víctimas de la represión franquista en Villarrobledo. Durante la jornada de tarde se desarrolló la charla "Políticas de Memoria", a cargo de Cecilio Gordillo, coordinador del grupo de trabajo "Recuperando la memoria de la historia social en Andalucía", a lo que siguió un recital de poesía republicana. La estructura de las jornadas es multidisciplinar, abordando el asunto desde la vertiente de la  Historia, Sociología, Arqueología, y Asociacionismo de derechos humanos.
Máximo Molina, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Cuenca, explica que la finalidad de esta actividad es generar un espacio de debate abierto y público, donde hablar de memoria histórica, desde distintos aspectos, “invitando a la ciudadanía a venir y mirarle a la cara a la memoria histórica, porque es parte de la historia de todos, y con ello generar un debate”. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Cuenca ha venido realizando trabajos de prospección en los terrenos que ocupa el aparcamiento del recinto ferial, y otros anexos, frente al Cementerio Municipal, y que  han sido identificados como los puntos exactos de los dos barreros, en los que fueron enterradas decenas de personas en abril de 1939.  Esta iniciativa,  nació por expreso deseo de 25 familiares de desaparecidos y asesinados durante la Guerra Civil y el franquismo, que tratan de recuperar sus restos para darles un entierro digno.
Máximo Molina  señala que desde la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Cuenca se sigue investigando, aunque es difícil determinar las personas que fueron arrojadas a los barreros, contando con datos de 72 de ellas, por lo que siguen investigando, ya que según fuentes locales, esa cifra podría rondar las 88 personas. Molina matiza que esa labor de investigación es muy difícil, dado que la gente tiene un cercamiento poco natural a este tema, ante el asesinato de sus familiares y la violación sistemática de sus derechos, durante muchos años, o que hace que el miedo sea una cuestión que aún sigue imperando, de ahí que considera tan importante actos como estas jornadas para que laso ciudadanos vean que las cosas se pueden hacer con normalidad, de manera democrática, y que no pasa absolutamente nada”.